PBRO. LAURO LÓPEZ BELTRÁN
Esta noche tuvo escena en el atrio de la Catedral y calles adyacentes toda una feria nocturna. De improviso los vendedores ambulantes desfilaron hacia el teatro de los acontecimientos para colocar estratégicamente sus puestos y carritos pregonando sus mercancías: nieve, paletas, buñuelos, pasteles, charamuscas, tamales, atoles, refrescos y toda clase de golosinas.
Fueron tantas las apreturas que muchas personas por más que pugnaron, casi a codazos, por entrar y ver de cerca la bella escultura, tuvieron que regresarse sin tal satisfacción. En este mare mágnum hubo niños que se perdieron y el sacerdote que rezaba el Santo Rosario tuvo que avisar por micrófono para encontrarlos. Se calculan en más de diez mil personas las que en esta tarde y noche entraban y salían sin interrupción a la Catedral.
Hubo momentos conmovedores, hasta las lágrimas por ver la fe y la devoción del pueblo católico morelense. Todos querían ver y besar la escultura, tocar escapularios, medallas, rosarios, crucifijos y todo linaje de objetos piadosos. Unos llevaban las flores para ofrecerlas a la Virgen y otros se las traían como reliquias y nadie si quedaba sin dar una moneda o un billete de limosna. A las 8:00 de la mañana del siguiente día, miércoles 10, el autor de esta reseña celebró una Misa de tres ministros en la que fungieron como Diácono y Subdiácono los señores Presbíteros Don Nicanor Gómez y Don Luis Pulido, respectivamente. Después de cantado el Evangelio, el mismo sacerdote oficiante subió al púlpito para pronunciar un sermón referente a la Reina de los Mares. Y poco menos que imposible fue la tarea de sacar la Imagen una vez que fue terminada la Misa, pues la gente se apiñaba con mayor entusiasmo.
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